Nosotros, los detritívoros

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    Por Manuel Casal Lodeiro  detritivoros.com/

    A partir de 1776 el uso de la máquina de vapor de Newcomen mejorada por James Watt llevó a una creciente dependencia de la energía fósil, la cual otorgó temporalmente a fracciones cada vez mayores de la población humana, poderes gigantescos. Con los desarrollos tecnológicos que vinieron después, el Homo colossus adquirió durante las siguientes nueve generaciones, la ilusión de no tener límites.
    William R. Catton, Jr. (2009)

    Tras la Revolución Industrial los seres humanos nos convertimos en una especie detritívora, es decir, que se alimento de detritus. Esta denominación procede de «Overshoot: The Ecological Basis of Revolutionary Change» del sociólogo estadounidense William Catton, nacido en 1926 y que lleva desde los años 70 del siglo pasado dedicado al estudio de la sociología medioambiental y de la ecología humana. Aquel libro marcó en 1980 un hito en la literatura de la ciencia ecológica con su pionera advertencia de que la humanidad estaba sobrepasando la capacidad de carga del planeta. La obra tuvo hace pocos años (2009) una secuela titulada «Bottleneck: Humanity’s Impending Impasse», que constituye el lúcido y amargo testamento intelectual de Catton y en el que el profesor emérito de la Universidad Estatal de Washington ya no advierte: se limita a constatar que no se hizo nada desde aquel entonces para evitar o revertir la extralimitación y analiza en detalle cómo la arrogante exuberancia (hubris) del Homo colossus nos lleva directos a un cuello de botella evolutivo que puede suponer la extinción de nuestra especie o, cuando menos, una brutal reducción en el número de seres humanos sobre el planeta.

    El detritus del que nos alimentamos no es otro que el petróleo y el gas natural, los tesoros fósiles que nuestra especie aprendió a explotar y que han permitido que en un intervalo de ¡tan solo doscientos años! mutiplicásemos por siete la población mundial, la cual se había mantenido hasta el siglo XIX siempre por debajo del millardo de personas. Esa cifra aparece por tanto como la capacidad máxima de carga (carrying capacity) que tiene el planeta para mantener a nuestra especie mediante los aportes constantes de energía procedentes del sol. La aportación extra que supuso la energía fósil (primero el carbón, después el petróleo y el gas natural) nos ha permitido, de manera temporal, ampliar enormemente nuestro nicho ecológico y sobrepasar esa cifra de manera espectacular. Donde antes cabían apenas mil millones, de pronto (en términos históricos) cupimos siete mil millones.

    En 1920 aún éramos solamente dos mil millones, así que en el último siglo llegamos más que a triplicarnos. La gráfica de la población humana desde el año 1800 es un ejemplo de libro de lo que es un crecimiento exponencial. Y si la superponemos con la gráfica del consumo total de energía (o con la del consumo per cápita), entenderemos cómo ha sido posible este crecimiento: la correlación entre ambas magnitudes es absoluta. De hecho, podemos calcular de dónde han salido tantos seres humanos incluso en términos físicos: las moléculas de nitrógeno contenidas en los cuerpos de los seres humanos que actualmente poblamos la Tierra —en forma de ADN y aminoácidos que forman los tejidos de nuestra masa muscular, por ejemplo— han salido en buena medida —se calcula que en un 50%— del gas natural, principalmente metano, que se convierte en fertilizantes nitrogenados por medio de la llamada reacción de Haber-Bosch, y estos, a su vez, en alimentos vegetales y animales por medio de la agricultura y ganadería industriales. Ha sido esta disponibilidad de metano y de petróleo —energía solar prehistórica almacenada en forma química a lo largo de millones de años— la que nos ha permitido ampliar la capacidad del planeta para albergar humanos, rebasando nuestro límite natural de los mil millones de personas.

    La llamada Revolución Verde bien podía haberse denominado más propiamente la Revolución Negra, tanto por el color del petróleo que la hizo posible como por el futuro al cual nos estaba condenando. En pocas décadas cientos de miles de tractores, cosechadoras y otra maquinaria agrícola se extendió por el mundo, toneladas de fertilizantes sintéticos fueron introducidos en tierras esquilmadas, millones de vehículos de transporte, industrias de procesado y distribución alimentaria, cientos de cadenas de supermercados y centros comerciales se convirtieron en el mecanismo creado por nuestra civilización para explotar esa energía fósil y convertirla en alimento para más y más seres humanos. Las mejoras en la calidad de vida que surgieron asociadas también a esta abundancia energética —como por ejemplo servicios de sanidad pública hipertecnificada, miles de productos farmacéuticos de síntesis, todo tipo de materiales de la industria petroquímica, etc.— hicieron posible no sólo que naciesen y se pudiesen alimentar cada vez más personas sino que sobreviviesen en mejores condiciones materiales, sobre todo en los países pertenecientes al industrializado mundo rico. Por supuesto todo ello fue facilitado por un sistema económico y social orientado al beneficio privado a corto plazo y embarcado en un aparentemente imparable crecimiento económico, medido este cuantitativamente según la cantidad de bienes y servicios producidos con esta descomunal energía y que eran consumidos por la creciente masa humana de trabajadores-consumidores.

    « Nuestra especie va a sufrir antes o después una terrible caída en su población, una enorme mortandad »

    Trágica pero previsiblemente, esto no podía durar mucho y así nos lo intentaba explicar Catton ya en 1980, antes que él el matrimoNnio Meadows y Jorgen Randers —autores del informe «Limits to Growth» (1972)— y en las décadas que vinieron después, cada vez más científicos, filósofos y ecologistas. El petróleo primero y después el gas natural, iban a llegar sin tardar mucho a su máximo nivel de extracción y a partir de ahí disminuiría su disponibilidad con lo que todo el sistema industrial montado en base a ellos, incluido el sistema agroalimentario, se derrumbaría. Es lo que hoy conocemos como peak oil, peak gas, peak coal… y muchos otros picos o techos de extracción de recursos finitos energéticos y materiales. La especie que deja de alimentarse de sus fuentes energéticas renovables —no podemos olvidar que la comida es energía endosomática—, es decir, aquellas de las que dispone cada ciclo anual gracias al sol y a la base fotosintética de la cadena trófica, para pasar a alimentarse de un abundante y rico detritus no renovable, experimentará un crecimiento explosivo (exponencial) en su población. Pero al hacerlo, esa especie que se convierte en detritívora se está condenando a un colapso demográfico en el momento en que el detritus llegue a un cierto punto de agotamiento, de igual modo que sucede con las poblaciones de insectos u otros animales en el momento en que se convierten en una plaga y tras agotar el excedente de alimento, mueren masivamente.

    Lo que debemos afrontar, por tanto, es que nuestra especie va a sufrir antes o después una terrible caída en su población, una enorme mortandad, una die-off. Entre los autores que han analizado esta situación non existe consenso acerca de cuál será el nivel hasta el cual caerá la población humana después de la desaparición de su temporal soporte energético fósil, pero sí que podemos enumerar algunos factores que serán relevantes al respecto:

    1. Sin los fertilizantes sintéticos faltaría el nitrógeno para la mitad de los cuerpos humanos existentes: de ahí podemos derivar que cuando estos dejen de estar disponibles por falta de gas natural, no podrán existir más de 3.500 millones de habitantes.
    2. La población humana preindustrial siempre se mantuvo por debajo de los mil millones: ese parece ser el techo natural de nuestra especie, o al menos el techo históricamente constatado.
    3. Los avances en el conocimiento científico en áreas como la medicina, la biología, la química, la edafología, la ecología, e incluso en técnicas un tanto underground como la permacultura, asociadas al mayor conocimiento que se tiene acerca de la eficiencia y la sostenibilidad de los diversos sistemas agrícolas tradicionales a lo largo de la historia, podrían en teoría compensar en alguna medida la caída de la población y que dispusiésemos así de un límite natural algo ampliado, aunque esto requeriría también que fuésemos capaces de conservar colectivamente ese conocimiento y aplicarlo adecuadamente en un contexto de descenso energético acelerado y de colapso a múltiples niveles.
    4. Desgraciadamente, la extralimitación (el overshoot del que nos advertía Catton) tiene consecuencias sobre la base natural que sostiene a la población (el suelo fértil, la biodiversidad, el agua potable, el clima…), y durante varias décadas —como poco— después del colapso es posible que esta base de recursos no recupere el nivel que permitía al planeta soportar mil millones de humanos… o incluso que no se recupere nunca o quede dañado por siglos a causa de la contaminación, la pérdida del suelo fértil, el cambio climático y otros factores destructivos de origen antropogénico. Es decir, lo que podríamos en principio compensar por medio de nuestro actual conocimiento científico (o que sabemos hacer) puede que quede anulado por la vía del deterioro ambiental (que nos limita lo que podemos hacer).
    5. El previsible colapso de la civilización industrial asociado a la caída en los recursos energéticos fósiles disponibles muy probablemente tendrá consecuencias que impacten directa y negativamente en el nivel demográfico: guerras por los últimos recursos (sean estos energía, materias primas, agua, tierra fértil…), conflictividad social, deterioro de las condiciones de vida, catástrofes industriales debido a la falta de mantenimiento y de materiales con graves repercusiones ambientales y en la salud para millones de personas (basta recordar los trágicos episodios de Bhopal, Chernobil, Deep Horizon, Fukushima…), aumento de la contaminación en un vano intento de proseguir con un sistema inviable (p.ej. mediante la sustitución parcial del petróleo por el carbón en ciertos usos), pérdida de la capacidad de regulación y de control de los Estados sobre las actividades contaminantes y sobre la seguridad de las poblaciones, y un largo y tétrico etcétera.

    En definitiva: no sabemos hasta dónde va a caer la población humana, pero sabemos que lo va a hacer con seguridad dado que va a desaparecer aquello que la permitió elevarse durante un breve lapso histórico por encima de su límite natural. Tampoco sabemos el ritmo al que se producirá ese descenso, aunque las cifras manejadas por varios autores parecen indicar que se completará la caída en menos de un siglo. Lo que sí aparece bastante más claro son las vías por las que se producirá ese colapso poblacional, ya que contamos con experiencias históricas de otras civilizaciones humanas y poblaciones animales que colapsaron en el pasado; y muchas de estas vías se relacionan con el 5º factor antes mencionado.

    1. La falta de alimento será un obvio jinete de este apocalipsis autoinducido, como ya acabamos de comentar, al dejar de ser viable la agroindustria intensiva actual fosildependiente.
    2. Sabemos que las guerras por los recursos son un factor que nuestra violenta especie difícilmente va a evitar y que, de hecho, venimos experimentando en mayor o menor medida desde el comienzo de la Revolución Industrial, con dos grandes guerras mundiales e innumerables conflictos locales.
    3. El deterioro general de las condiciones de vida también implicará un aumento de muertes difícil de cuantificar a priori; la contaminación será sin duda decisiva en esa caída poblacional, por medio de una extensión de los cánceres, problemas hormonales, intoxicaciones y todo tipo de enfermedades de origen ambiental; como las levaduras en una botella de mosto, acabaremos ahogándonos en nuestros propios residuos alcohólicos tras el festín de azúcares.
    4. El colapso de las ciudades, cuyo funcionamiento es totalmente dependiente del suministro permanente de alimentos y de energía desde el exterior, y donde ya vive más de la mitad de la población mundial, supondrá una grave crisis demográfica con un éxodo probablemente caótico de miles de millones de personas de vuelta al campo en busca de sustento y de trabajo, con previsibles conflictos de todo tipo, por muy paulatino que pudiésemos lograr hacer dicho retorno, y que puede implicar la muerte de una parte no despreciable de los ex-urbanitas.
    5. El aumento de las infecciones, epidemias, parasitosis, etc. —que ya se está produciendo ahora por factores precolapso como el cambio climático, la resistencia a los antibióticos o las mutaciones de los agentes infecciones— será cada vez más difícil de atajar con los sistemas sanitarios en quiebra y se cobrará más vidas a cada año que pase, contribuyendo así también al descenso de la población.
    6. El cambio climático será una vía indirecta en la que nuestros residuos (en este caso los gases de efecto invernadero) deteriorarán la capacidad del planeta para soportar a nuestra especie: menos lugares habitables, menos agua potable, aumento de incendios forestales y fenómenos meteorológicos extremos, pérdida de biodiversidad, destrucción de ecosistemas, problemas para el cultivo de especies agrícolas…; eso sin contar con las posibles realimentaciones positivas que puedan acelerar el calentamiento global (p.ej. el derretimiento del permafrost ártico y la consecuente liberación masiva de metano a la atmósfera) y hacer así bruscamente inhabitable el planeta para los humanos y muchas otras especies.
    7. Accidentes en instalaciones como presas hidroeléctricas o centrales nucleares, debidos a fenómenos atmosféricos, movimientos sísmicos, tormentas geomagnéticas o al simple deterioro por envejecimiento de las estructuras no compensado con un mantenimiento que cada vez será más costoso en términos económicos y energéticos.
    8. Deterioro general en las estructuras económicas y sociales, con millones de nuevas personas excluidas cada año, incapaces de adaptarse, atrapadas en modos y lugares de vida insostenibles, y que ya está a llevar al suicidio a no pocas personas y al deterioro general de su salud física y mental para casi todas.
    9. Descenso de la natalidad ante las malas perspectivas económicas y también debido a la contaminación química, aunque podría verse esta tendencia compensada por el acceso cada vez más difícil a métodos anticonceptivos y por la tendencia a volver a las familias extensas para compensar la carencia de soporte estatal (seguridad social, jubilación pagada…) y de las energías fósiles necesarias para el cultivo mecanizado de las tierras.

    « Nuestros genes nos mantienen paralizandos diciéndonos: no pasa nada, no reacciones »

    Ante esta perspectiva nuestro instinto de supervivencia y nuestro sentido ético nos exigen buscar una solución, una salida, algo que minimice esta masiva mortandad o que, al menos, evite la total extinción de nuestra especie. Sin embargo, parece muy difícil vislumbrar algo semejante a una esperanza. En cualquier caso lo primero sería reconocer la situación en sus auténticos términos y luchar contra el gigantesco y múltiple engaño que nos mantiene bloqueados. Este mortal engaño penetra en nuestra percepción a varios niveles:

    1. Nivel político-económico. Los detentadores del poder intentan mantenerlo a toda costa en este naufragio civilizatorio, y para ello necesitan mantener al resto de la población mirando hacia otro lado el máximo tiempo posible, mientras ellos se resitúan para la etapa poscapitalista y acaparan todos los recursos posibles para sí, a costa de los de abajo y a costa de otros países. Así es que debemos interpretar el actual expolio de dinero y servicios públicos, el acaparamiento masivo de tierras a nivel mundial, los intentos por controlar el agua o las semillas, y todas las maniobras geopolíticas en torno a países exportadores de energía.
    2. Nivel semiótico-cultural La cultura de masas creada desde los años 50 del siglo XX a partir de esa maquinaria monstruosa y ubicua llamada publicidad, e insertada en los cerebros de buena parte de los siete mil millones por medio de la televisión, nos promete continuidad y mejora permanente, promoviendo valores suicidas como el consumo irracional, el individualismo y la hiperspecialización.
    3. Nivel psicológico-genético. Nuestra propia resistencia mental, la disonancia cognitiva, nos impide aceptar todo lo que choque con nuestro modelo mental de representación del mundo, que contradiga nuestras expectativas, que desmienta los relatos que desde niños nos insertaron en el cerebo desde el nivel semiótico-cultural y que nos han convencido del progreso continuo e irreversible, del crecimiento infinito, de la excepcionalidad de nuestra especie y de su separación y dominio del resto del mundo natural, del poder mágico de la ciencia y la tecnología, de la infinitud de los recursos… Por si fuera poco, nuestra genética es el fruto de millones de años de lucha individual y colectiva contra peligros que son palpables e inmediatos (un depredador, una tribu invasora, un incendio, una inundación…) y por tanto estamos neuronalmente cableados para reaccionar muy bien ante este tipo de amenazas y adaptarnos a condiciones cambiantes que tenemos delante de nosotros. Pero por desgracia eso implica que no sabemos reaccionar ante lo imprevisto, ante las amenazas invisibles, ante las condiciones que aún no han cambiado… La evolución no nos ha capacitado para anticiparnos, para prevenir y nuestros genes nos mantienen paralizandos diciéndonos: no pasa nada, no reacciones.
    Nosotros, los detritívoros. edición de la asociación touda

    Nosotros, los detritívoros. edición de la asociación touda

    Sin librarnos de esos engaños (externos e internos, sociales y psicológicos) resulta ingenuo pensar en otro final de nuestra historia diferente a la catástrofe más absoluta. De todos modos si tenemos que empezar esa liberación por algún punto debería ser por la base de todo este colosal error de nuestra especie: si queremos tener alguna oportunidad de evitar el destino de los detritívoros, no queda otra que dejar con la máxima urgencia de comer petróleo. Esto no quiere decir únicamente pasar a consumir alimentos locales y producidos sin gasto de energía y fertilizantes fósiles, sino reducir drástica y masivamente nuestro consumo en todos los ámbitos, es decir, nuestra huella energética total. Aun así, la solución individual no aseguraría la supervivencia: esta reducción debe ser realizada en conjunto por toda nuestra especia, de manera coordinada, organizada y redistribuyendo con justicia los recursos remanentes para igualar lo más posible los niveles materiales de vida de todos los seres humanos, con el objetivo de satisfacer las necesidades básicas del máximo número posible de personas a nivel mundial y sin discriminaciones. Si no, sería dejar de consumir para que otros pudiesen consumir más o durante más tiempo, que tal vez es lo que algunos están buscando subrepticiamente. Por supuesto hablamos de una política de Decrecimiento democráticamente gestionado contra una política omnicida dirigida por un capitalismo salvaje en caótica descomposición. Por supuesto hablamos de una utopía, pero una utopía imprescindible si queremos evitar nuestra extinción como especie.

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    2 COMENTARIOS

    1. Por fin encuentro a alguien también consciente de “esa maquinaria monstruosa y ubicua llamada publicidad”. Es tan raro oir hablar de ello…que parece un tabú social.
      Hábalale de esto a cualquiera y te mirará como mínimo con ojos de estar escuchando algún absurdo disparate.

    2. Gracias, Susana. Quizás yo es que llevo ya tantos años siendo consciente de ese papel de la mercadotecnica en la construcción del deseo y de las necesidades superfluas que ya no me parece raro en absoluto. Yo creo que desde el propio nacimiento de esa megamáquina de la publicidad tal y como la conocemos hoy día en los años 50, siempre ha habido críticos. Pero por las propias características de esta maquinaria, toda crítica resulta tapada, silenciada, aplastada bajo toneladas y toneladas precisamente… ¡de publicidad! Por eso creo que son especialmente valiosas las estrategias que se sirven de los propios mecanismos simbólicos y canales de la publicidad para hacer contrapublicidad, o culture-jamming, al estilo Adbusters y otros colectivos que usan tácticas de subvertising.

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